Cómo empezó todo

Origen de las Pequeñas Comunidades Samaritanas y Misioneras

¿Dónde empieza el alba? ¿Dónde empieza el amanecer? ¿Dónde se acaba el día? ¿Cómo empezó todo? Estas preguntas pueden ser respondidas de distintas maneras y por distintas personas. Un científico haría toda una dilucidación matemática y expondría complicadas teorías, para ayudarme a entender el origen del universo; un literato me contaría historias diversas y citaría a chamanes y magos que con sus mitos y leyendas, me narrarían el origen de todas las cosas; mi abuelita me contaría la historia desde su visión cariñosa muy particular; mi papá lo haría desde la perspectiva de la fe; el Señor Obispo, con toda seguridad, me hablaría de Dios y su actuar; en cambio, el historiador se apegaría a los hechos. Todas estas maneras de contar la historia serían verdaderas en alguna medida. Todas ellas me darían una imagen, una interpretación de lo ocurrido.

No pretendo responderles a ustedes queridos animadores la pregunta sobre cómo comenzó todo, me corresponde contarles la historia sobre cómo comenzó lo de las Pequeñas Comunidades Samaritanas y Misioneras en la Diócesis de Engativá. ¿Desde qué perspectiva lo haré? Seguramente me gustaría tener la ternura de mi abuelita, la fe de mi papá, la sapiencia del científico, el discurso mágico del literato, la maestría del Señor Obispo… Sin embargo, haré recurso de la contundencia de los hechos y trataré de hacerlo a la luz de la fe con mi particular manera de expresarme.

La cosa comenzó por allá en el año 1997, cuando el equipo de trabajo pastoral de la entonces Zona Pastoral de la Sagrada Eucaristía (EZAP) entregó a la Arquidiócesis de Bogotá el documento sobre el discernimiento sinodal. En esta reflexión el equipo proponía que para responder a los reclamos y peticiones de la ciudad era necesario que la Iglesia hiciera una opción misionera. La estrategia más apropiada sería conformar pequeñas comunidades, para promover la vivencia de la fe y dar testimonio de fraternidad y misericordia.

Los trabajos del Sínodo Arquidiocesano concluyeron un año después, en 1998, cuando se publicaron las declaraciones sinodales. Estas fueron acogidas con entusiasmo por unos y con escepticismo por otros. Como dice el Evangelio: “El Sembrador regó la semilla y cayó en diferentes terrenos” (Mt 13, 1-9). La propuesta del Sínodo, recogió el sentir de varios actores pastorales de la ciudad en esta época y como respuesta permanente al reclamo de una Iglesia, que aparecía diluida en la ciudad, encomendó a la iglesia de Bogotá vivir en pequeñas comunidades la fe, para mostrar un estilo más evangélico basado en la caridad, señal por la cual debemos ser identificados.

Prontamente el entonces arzobispo de Bogotá, Pedro Rubiano, delega un equipo de notables para desarrollar las respuestas que proponía el Sínodo, en un plan. Este fue publicado en 1999: El Plan global de pastoral. Proponía que desde el Espíritu de la parábola del Buen Samaritano, la iglesia de Bogotá se esforzará por salir al encuentro de los hombres y mujeres que habitaban la ciudad, para sanar sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. La pastoral debía procurar la unidad y la formación permanente.

Para algunos el Plan global era eso: una especie de globo que volaba demasiado alto y era imposible de alcanzar; otro más intrépido diría que la solución era conseguir una cauchera, reventarlo y hacerlo aterrizar.

Para fortuna de la Diócesis de Engativá, monseñor Octavio Ruiz Arenas, escogió una metodología menos cruel y puso a trabajar a los párrocos y fieles de la entonces Zona Pastoral Episcopal de la Sagrada Eucaristía.

Durante el año 2000, se realizaron diversos encuentros y trabajos con el fin de concretar para la hoy Diócesis de Engativá un plan pastoral. Para mí, que entonces era un chico e inexperto seminarista, esto constituyó una gran novedad: los presbíteros discutían y se esforzaban en ponerse de acuerdo; la pastoral no era solo las celebraciones, sino todo un esfuerzo de planeación complejo y menesteroso. Esfuerzo, trabajo, conflictos, chistes y por encima de todo, la fraternidad alrededor de la cual se fue construyendo el Plan zonal.

En el año 2001, fue presentado el Plan zonal de pastoral de la Zona Pastoral de la Sagrada Eucaristía, cuya gran novedad, fue asumir la estructuración en trienios de la propuesta del Plan global. Además, planteó las Pequeñas Comunidades como espacio vital donde se debía desarrollar el Plan pastoral.

Con esta propuesta surgió una nueva discusión y problemática… ¿Cómo se hacen las pequeñas comunidades? ¿Cuál debe ser la pedagogía y metodología a seguir? ¿Cómo cohesionar las distintas fuerzas pastorales de la Diócesis para abordar este tema?

En un primer momento distintas opciones metodológicas propusieron el propio método como el camino a seguir. Lo que ha funcionado en otras partes… ¿por qué no puede funcionar aquí? Además, ¿para qué inventar lo que ya ha sido inventado? Ciertamente esta posición tenía algo de razón, pero desconocía un elemento importante: el contexto debe hablar, si no se escuchaban las necesidades de los fieles, se estaría marginando y excluyendo a muchos. Resultaba inadecuado imponer una metodología pastoral como opción pastoral.

Ante esto, monseñor Octavio decidió proponer que en la Zona Pastoral de la Sagrada Eucaristía, fuera diseñada una pedagogía propia para las pequeñas comunidades y se trabajará por crear un proceso de diálogo alrededor de este tema; permitiendo además, que las distintas opciones metodológicas, pudieran ser desarrolladas asumiendo las directrices generales del Plan pastoral. Como la vida se manifiesta llevándonos por caminos insospechados… monseñor Octavio fue nombrado arzobispo de Villavicencio en el año 2002. Esto hizo que el Plan entrara en un proceso de transición.

En el año 2003, fue creada la Diócesis de Engativá, con lo que todo lo hasta ahora hecho, tuvo que esperar la llegada de un nuevo pastor: monseñor Héctor Gutiérrez Pabón. Y aunque por esperado no dejó de sorprender, el nuevo obispo decidió continuar con el plan existente, desarrollando durante el 2004, un proceso de evaluación a cargo de monseñor Fernando Villegas, vicario general de la diócesis.

En los años 2005 y 2006, se reactiva el proceso de reflexión y acople del plan pastoral, que ahora debía ser diocesano. El núcleo de lo que fuera el Plan zonal, se retomó de manera decidida para concretar la espiritualidad y los principios; se establecieron los lineamientos diocesanos para las pequeñas comunidades; se construyó el horizonte pastoral: “Hacia la Ciudad de la misericordia, más humana y más fraterna”.

“Cuando recuerdo este tiempo, me imagino cruzando una selva armado de un machete”, recuerda el entonces vicario de pastoral Alberto Camargo. Ciertamente, fue un trabajo dispendioso y difícil, en el que se escuchó a los fieles, se reflexionó con el clero y se concretaron opciones fundamentales que llegaron a ser definitivas.

Si hablo de grandes opciones tendré que señalarlas:

La primera gran opción son las personas. La Iglesia no son ladrillos ni estructuras de concreto. Lo importante es formar discípulos misioneros que sean Cristo amando y sirviendo, haciendo florecer el reino de la paz y la justicia. Esta opción resulta especialmente complicada para algunos que al estilo de Herodes, quieren afianzar su hegemonía, ven el poder como medio de supervivencia. Ante esto, el Evangelio nos invita a defender con valentía la Palabra encarnada, que florece en cada discípulo (Jn 1, 11-14).

Una segunda gran opción fue por el contexto. La pastoral se realiza en la ciudad y para la ciudad. Esta ciudad que le duele a Dios y por la cual llora; esta ciudad en la que habita escondido y no lo vemos… La gran novedad que introdujo la diócesis en el discurso pastoral, fue la reflexión sobre la “urbe”, ¡La pastoral debe ser urbana! Y esta novedad, sin duda, ha ido generando inesperadas revelaciones en nuestro quehacer como: que no somos nosotros los que tenemos a Dios sino que Dios está en la ciudad y nos invita a ponernos de su parte; existen muchos territorios y subjetividades y urge proponer nuevas formas de comunicación. Sin embargo, la ciudad para algunos profetas rebeldes como Jonás, sigue siendo un lugar digno de castigo y destrucción. Razón que hizo especialmente difícil la consecución de acuerdos.

Una tercera gran opción, fue concretar la espiritualidad samaritana. ¿Cómo podríamos imaginarnos que un pontífice como Francisco, unos años después hablara de lo mismo? Pero ¡así fue! Una opción por la Iglesia samaritana compasiva y misericordiosa, que siente entrañablemente el sufrimiento de los más pequeños y que es capaz de ponerse del lado de las víctimas y los marginados. La Iglesia herida, ciertamente, pero capaz de sanar, solidaria en el dolor y madre que alimenta y da refugio. Esta visión, tiene su problemática para algunos escribas y fariseos partidarios de la ley, que consideran que es importante conservar los principios y hacer un esfuerzo mayor en la doctrina. Ante esto, la Palabra del Señor siempre nos ha iluminado: “Cuidad lo uno sin descuidar lo otro” “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9, 10-13).

La cuarta gran opción que se consiguió en este tiempo fue la de entender que la Iglesia debe hacer misión. El fin de la evangelización es la misión, anunciar a Jesús muerto y resucitado. Claro está, el anuncio no pueden ser meras palabras desprovistas de las obras, más bien como dice Santiago en su carta ¡Fe viva! O sea, las palabras y las obras son el testimonio convincente (St 2, 14-26). Esta opción genera desacomodamiento y reta el centralismo y la visión de algunos sumos sacerdotes, preocupados por el culto, que pretenden reducir la experiencia de Dios al confort del templo y la piedad popular. Una vez más resuena en los oídos la Palabra del Señor: “Vayan y hagan discípulos míos, enseñándoles a guardar lo que yo les he enseñado” (Mt 28, 19-20).

Un fruto jugoso que seguimos degustando de todo este proceso, fue el documento llamado: Líneas pastorales para la formación de pequeñas comunidades samaritanas y misioneras en la ciudad, publicado en 2007. Las pequeñas comunidades deberán aplicar estos principios y ser fuente auténtica de espiritualidad. La matriz pedagógica, resultado de este esfuerzo de análisis, será la que gestará unos años más tarde, la ruta pedagógica de las pequeñas comunidades. Sí, desde entonces sabemos que las pequeñas comunidades tienen dos adjetivos importantes y definitivos: son samaritanas y misioneras.

Como debía ser que el que impulsara esta iniciativa fuera el clero, de 2007 a 2009 se realizaron debates, congresos y reflexiones para generar una conversión epistemológica que llevara a la asunción del horizonte pastoral. Por otra parte, los fieles fueron orientados desde la escuela bíblica diocesana. Este tiempo fue de especial complejidad, casi de confusión, se hicieron modelos y pruebas como en un tubo de ensayo. Ciertamente como a todo científico loco, el tubo de ensayo estalló en varias ocasiones. Pero lo fundamental se conservó, nunca se perdió el horizonte. Tras cada discusión, debate y reflexión las cosas iban siendo concretadas.

2010 presentó el reto de la elaboración del Plan pastoral samaritano, concreción de todo este proceso. Después de todo el esfuerzo realizado en los años anteriores, en el 2011 es entregado este plan. El referente teológico-pastoral presentado, tiene a las pequeñas comunidades samaritanas y misioneras en su centro. Estas serán discípulas de la misericordia, verdaderas células que renuevan el tejido eclesial y la vida de las parroquias, al servicio de los pobres y necesitados.

Estas comunidades, aunque son el espacio vital del Plan pastoral, no son un fin en sí mismas, sino una mediación para que la iglesia diocesana, impregne las estructuras sociales y políticas con un testimonio coherente. Las pequeñas comunidades son la estrategia para incursionar en la ciudad, con los mismos sentimientos de Cristo. Así son samaritanas y misioneras.

El Plan pastoral samaritano plantea los sentidos para construir la Ciudad de la misericordia. Es decir, nos muestra para donde vamos y señala los énfasis a tener en cuenta: el sentido bíblico, antropológico, cognoscitivo, social, ecológico y eclesial. Estos sentidos nos ponen en la misión permanente de mirar, estructurar y sentir la realidad urbana para hacerla más humana y fraterna.

Desde que nos fue entregado, el proceso de operativización del Plan ha sido arduo. El vicario de pastoral Luis Eduardo Sánchez y su equipo, ha conseguido en medio de fatigas estructurar la diócesis en campos, ámbitos y niveles de pastoral, buscando la manera más adecuada de direccionar la acción pastoral, desde los sentidos del Plan samaritano.

La operativización del plan pastoral, permitió desarrollar las opciones teológicas y pastorales. El Nuevo vicario de pastoral y su equipo implementaron para los campos de pastoral: programas y proyectos. Los arciprestazgos entendidos como territorio de misión, permitieron la creación de opciones particulares concretadas en proyectos de intervención social.

Poco a poco los esfuerzos van dando frutos. Las pequeñas comunidades como espacio vital debían ser una realidad. Por eso, el diseño de la ruta pedagógica ocupó un tiempo relevante de esta última etapa. El primer esfuerzo realizado nos permitió conseguir resultados. Teniendo la matriz pedagógica y los sentidos pastorales, el producto final ha venido a ser como un pan calientito y delicioso que todos queremos probar. Con el pasar de los años podemos mirar que, aquello que inició como una obra buena, Dios la sigue llevando hacia un feliz término.

No ha sido nada sencillo y como dice una propaganda: “todo lo bueno necesita tiempo”. Las pequeñas comunidades no surgen de la nada, necesitan auténticos discípulos samaritanos y misioneros. Por eso, la Escuela diocesana del discipulado samaritano es creada como herramienta en función del sueño diocesano. Desde 2013, la escuela se ha ido gestando y tras un esfuerzo intenso, hoy tenemos la primera promoción de candidatos que iniciara el programa bandera como animadores de pequeñas comunidades samaritanas y misioneras.

En alguna ocasión escuché las palabras inspiradoras del señor obispo en una visita pastoral, él decía: “Mientras aún tenemos tiempo, trabajemos por construir un mundo sin guerra, donde la violencia sea solo un mal recuerdo; mientras aún hay tiempo hagamos que lo niños sueñen y crezcan en medio de sonrisas; que papá y mamá se quieran con entusiasmo; que los jóvenes jueguen y se enamoren… Mientras aún tenemos tiempo hagamos lo que corresponde bien, démosle la cara con fe al destino y yo les aseguro que habrá la paz que todos anhelamos”.

Es cierto, el tiempo nos va mostrando que podemos conseguir cosas pequeñas, pero significativas. Ahora, cuando tenemos en nuestras manos esta posibilidad miremos el futuro con realismo, pero también con heroísmo y esforcémonos todos por seguir haciendo lo que corresponde.

No me permitiré decir: colorín, colorado este cuento se ha terminado, porque realmente lo único que se puede afirmar es que todo acaba de comenzar. Y tendremos que persistir y valorar lo nuestro para que pueda continuar y seguir continuando. Termino diciendo: Esta historia continuará…

 

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